Super 8 (dos veranos)

Nos acostamos tarde ayer viendo en el apartamento Evangelion y una película de los 2000 de zombies, y aún así hemos madrugado. A las ocho sonaba el despertador, primero el mío a las 07:50, después los gruñidos de Aitor. Un desayuno, tostadas con huevos revueltos, leche y café (por separado). Nos vamos en coche y con tiempo al Parque natural de Timanfaya. Aitor vuelve a gruñir porque los carteles de la vida real no se corresponden con las indicaciones del GPS. Acaba haciendo lo que le da la gana y llegamos a tiempo, pero algo tarde al autobús (por tomarnos unas fotos), autobús que recorre las erupciones volcánicas, los restos de sedimento, en pasillos altos de gris ceniza, mientras una locución en tres idiomas habla de lo que ocurrió aquí hace 3 o 4 siglos. La voz impersonal se intercala con banda sonora, música clásica, 2001 una odisea en el Espacio, Aitor la confunde con la cabalgata de las Valquirias, algo comenta que los extranjeros no entiendes, nadie gruñe. Después me compro unos pendientes en una tienda (no puedo evitar sucumbir) que el dependiente tarda en darme, pues se lee toda la historia que tienen recogida en el anverso del embalaje. Me dice que seré la única persona en Madrid que lleve unos pendientes así y respondo que efectivamente, soy muy afortunada.

 

Nos tomamos un café en el restaurante. Malísimo, largo y quemado, con excelentes vistas a la tierra de fuego. Decidimos comer en el propio restaurante (no tengo mucha hambre pero así quedó recogido en el programa del día). Nos sirven unas papas arrugadas con mojo picón. Me acuerdo de Tenerife. Nos las repartimos hasta que solo quedan dos, chiquitas e irregulares «Fobos y Deimos, las lunas de Marte» «No sabía que Marte tuviera lunas tan feas» «Son restos del cinturón de Asteroides» «Pero lo sé porque lo acabo de leer». Sigue siendo información valiosa. Devoramos a Fobos y Deimos, partidas cada una en dos trozos. No me quiero tomar el café de después de comer allí, malas experiencias hacía poco tiempo, así que cogemos el coche para buscar un pueblo cerca. Saliendo del parque, somos abordados por dos autoestopistas de Valencia quienes imploran, con dulzura, que les llevemos a Yaiza. Vinieron en taxi y no tienen como regresar. Me tranquiliza su timbre, decimos que sí, y durante diez minutos en el coche easy chating coincidiendo en absolutamente todo. Él es extranjero, tiene potente acento al hablar en Castellano y estoy a punto y sin querer de hacer un comentario acerca de la cantidad de bares guiris que hay en Costa Teguise, pero me bandeo bien y, finalmente, dicha palabra no es pronunciada.

 

Vamos a Uca, al ladito. Es bonito, blanco, plano. Hay dos bares, uno cerrado, el otro dando comidas. Nos sentamos en el segundo, nos ofrecen una carta que declinamos «solo un café rápido» y se marchan sin decir nada. Hubieran dado un portazo si hubiera sido posible. Por favor, dímelo con palabras, no con quince minutos de ignorarme activamente. Así me hubiera marchado antes. En cualquier caso, no me importa esperar. Me gusta que el tiempo se ralentice, que no pase nada, que vaya a la inversa, más tarde es más pronto. Pero necesitamos ese café así que vamos a La Geria a unas bodegas, donde hay café, que tomamos, con vistas a las viñas y a la única palmera que se ve a lo lejos. También un único abeto (???). Probamos un vinito blanco, no hacemos nada, grabo más de esa pausa en la super 8. Pasa un día, y otro, pero al final solo han transcurrido dos horas y vamos a las bodegas donde hemos reservado la cata de tres vinos y tres quesos, tras un paseo por la bodega y una charla didáctica, la misma que me han dado treinta veces sobre cómo se hace el vino, la misma que siempre olvido (el contexto).

 

[…]

 

Vamos a ver el atardecer en el Hervidero y pienso en Islandia. El sol se va poniendo en el atlántico y pienso en Odeceixe. El paisaje lunar, el perfil de picos y curvas, hago una polaroid mas los rollos no están limpios y ahora los limpiaré. Hay una playa preciosa que veo desde el coche pero no nos paramos porque quiereo ver cómo se pone el sol en el Golfo. Otro atardecer más sin ver el rayo verde. Sin ver siquiera la silueta completa del sol. Algún accidente geográfico recortaba la parte inferior de la esfera como un nuevo eclipse. La única opción válida: EL Teide. Quiero creer: un ovni.

 

 

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